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10月2日 Bofetadas en Nombre del AmorCasi dos meses ya. Recuerdo el momento. Muchos minutos parado frente al espejo, preocupado por mi apariencia. Y luego, la pregunta: ¿Desde cuando me preocupa como me veo? Luego, suceso tras suceso: que si le llevaba una fruta... que si pecaba de ridículo llevando una fruta en una primera cita... que descrestaría más un chocolate (el cual, por causa de nefastas consecuencias alérgicas, aún sigue intacto en su envoltura)... que iba sobre el tiempo tendiendo a demasiado tarde... que se iría y no me esperaría... que algo se pondría muy mal dentro de mí si así hubiera ocurrido... y entonces el raciocinio habló: ¡Me lleva, es una primera cita! ¿A que horas me embarqué en una cita, cuando no tengo ni idea si esté listo para esto?
A pesar del retraso, fue paciente. Ahí estuvo. La alegría mutua fue el común denominador del resto de día. Más solo del día. El amargo suceso que terminó uniendonos opacó el atardecer más de lo debido. Ahí estaba yo, convertido en verdugo portador de noticias poco gratas. Ahi estaba, contemplando su tristeza y su frustración, dándome golpes de pecho por arruinar una cita perfecta que no había pedido, pero que estaba disfrutando. Y nuevamente la incertidumbre: se que tengo motivos para sentirme mal, por ser el encargado de dar malas nuevas... pero, no era solo eso... era más... era ver como uno de los dias más gloriosos de mi vida se desplomaba a pedazos ante mis pies... sin poder hace mucho... producto de mi torpeza...
Luego, un duelo. Dos armas, ambos frente a frente. Jugué limpio, pero sin combatir. Con una bandera blanca en la mano izquierda, y en la derecha mi corazón. ¡Y ahí estaba, con el corazón en la mano, latiendo rojo de contento, aquel corazón que creí cubierto en una dura caparazón de coco! Ahi estaba, rojo, desnudo y latiendo como hace tiempo no lo hacía... como la última y única vez que... algo me vino a la cabeza, una posibilidad de excepción a la regla... pero mi terquedad era insistente aún... Y a pesar de la insistente terquedad, sus encantos fueron más poderosos. Sus encantos me lllevaron a aferrarme a su cintura. Y ahí vino todo a la memoría una vez más. En ese momento, viaje a unos meses mas atrás, cuando esa misma cintura a la que estaba aferrado me había dado una señal que en nombre del amargo suceso y cegado por el reinado de la terquedad no quise atender. Aferrado a su cintura, comenzó a suceder lo que creía arrogantemente que no sucedería jamás, lo que creía con tristeza y resignación que la vida me había vetado por completo.
Y entre risas, miradas, palabras, abrazos, una luna gigantesca que nos sirvió de chaperona, pero a la vez nos advirtió de lo poco conveniente que era estar un domingo recorriendo las calles a altas horas de la noche, llego la hora de separarnos. Y despues de un largo rato negándonos a la realidad de tener que volver a nuestras respectivas casas, el raciocinio común pudo más. Entonces, ahí estaba yo, viendo como se alejaba en un carro... viendo el carro a lo lejos, siguiendole el rastro hasta verlo perdido en el horizonte... ahí estaba yo, diciendome "heme aquí, viendo ansiosamente como el carro en el que viaja hacia su casa se va y se desvanece... heme aquí, un domingo, en medio de la noche sin saber como llegar a mi casa y sin que me importe, porque esta alegría tan inmensa lo justifica con creces... Dios, acaso...". El grito ahogado de mi raciocinio, mezclado con la algarabía de mi alma, ambos me lo confirmaron: acababa de enamorarme. El efecto de la bofetada en la mejilla se sintió desde ese momento. Certera y poderosa. El amor se puso ese día sus más letales guantes... me estaba esperando escondido entre la sombra, para noquearme sin compasión, como hace mucho no lo hacía, como creí que ya jamás sucedería.
Dos meses han pasado. Las bofetadas han seguido. Se sienten aun más incisivas conforme pasa el tiempo. Me han transformado el rostro por completo con una luz particular. Han llenado de brillo mis ojos. Han puesto sonrisas en mis labios. Frases romanticas en mi jerga. Sangre en mis venas. Aire en mis pulmones. Suspiros en mi respirar. Amor en el alma. Amor para dar, como solo los enamorados lo hacen. Esperanza, mucha esperanza, como solo quien tiene el amor verdadero de vuelta, luego de creerlo extinto, sabe sentirla. Muchas bofetadas, para las cuales siempre estaré dispuesto a poner la otra mejilla. Sin temor. |
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